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Fragmento de Vuelta de campana.

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     "Soñar en ganar no es ganar.
     Miguel Perrineau se estira en la cama doble, disfrutando del 
espacio extra que le otorga la ausencia de su esposa. Seguro que ya se tomó medio termo de mate y tiene el traje de baño puesto bajo el vestido celeste, si me deja, le voy a hacer el amor. Están alejados. Todavía la pretende y desea como el primer día que la tuvo.
     La clara oscuridad deja percibir los objetos sin imponer su presencia. Unos minutos más no importarán, está de vacaciones. Contempla una paja, el pensamiento se desecha por la falta de estímulo.
     Le cuesta abrir los ojos, rastros de sueño que agregan peso a la piel y restan fuerza a la voluntad. Le molesta la remera, fue un error dormir con ella. Estira, sin mucho esfuerzo, los dedos de los pies. Boca abajo con dos almohadas, una sosteniendo la cabeza, otra apresada por el brazo izquierdo. Podría haber estado así por horas si no se hubiera cuestionado, ahora tiene que levantarse; si vas a hacer algo, que sobre, las medidas tienen que estar mal desde el principio, si no, es un agregado.
     Recién se percata de la televisión en el cuarto de al lado. Caricaturas, algunas cosas nunca pasan de moda, una vez intentó hacer algo con un hombre azul asexual preocupado por la ética, comprometido consigo mismo y con el prójimo, no resultó. Qué dificultad que tengo para retener los sueños, es triste. Tantas cosas vividas en el mundo de lo posible, perdidas para siempre, olvidadas, jamás recordadas.
     Los sueños no eran precisamente su guía, aunque sí podían afectar su mañana o hasta su día. Retenía algo de estos, más que imágenes, sensaciones: impotencia, deseo, cariño, miedo, y estas lo acompañaban por varias horas de conciencia. Hoy nada lo condicionaba, un limpio despertar. Pan con mantequilla, tal vez unos huevos revueltos, un buen pedazo de carne. Para él la hora no tiene importancia o relación alguna con las comidas. Esboza una ligera sonrisa felicitándose por no tener hijos, ni siquiera ha pensado en pedir cupo para tener uno.
     Retira la ligera sábana con un pase natural de su mano derecha. Aplausos. Salta de la cama y pone los dos pies, en lo que parece ser un movimiento simultáneo, sobre la tierra. Eso tiene que tener algo de valor. Una simple movida que anule el azar. Podría morir en este instante de diez mil maneras, pero no será por levantarme con el pie izquierdo. Todos los pisos deberían ser frescos y la gente que duerme con medias tendría que ser asesinada. Encarcelada. Encarcelada por un par de años, si no entienden, levemente torturados.
Se viste con unos shorts blancos, una remera ligera color verde y sus zapatos self-adjustables. No tiene ganas de ir al baño y no recuerda haberlo hecho por la noche. Mi meo a des- aparecido, se elevó como vapor, todos los que respiren en esta habitación respirarán mi orina.
     Aprieta un botón y la ventana se aclara enseguida, mostrando el mar y la playa de caracoles. Otra sonrisa por haber escogido esa casa, un poco más de dinero, mucho más lujo, boato estético, visual, mental. Un desperdicio, tal vez, un malgastar de los últimos recursos, quién sabe. Un hombre que se aferra a una última moneda por miedo a la opinión no merece ciertas felicidades. Al volver le ofrecerán de nuevo el mismo empleo, necesitará más fuerzas esta vez para rechazarlo, tendrá que conseguir alguna nueva excusa. No importa, nada importa. Si algo le enseñaron el mar y Vit Dums, es que lo que hace falta son huevos, después, todo caerá en su sitio. Me repito que vivir es suficiente y siempre caigo en los mismos huecos, fuerza, hombre, que esto te lo merecés y, si no, no importa, a violar la vida. Veamos cuánto me dura la valentía.
     Había pasado poco menos de un año sin ver el mar. El mar es suficiente. El mar para mí es suficiente. De a poco, te llena, te desborda y te integra. Dicha.
     Las puertas siempre iguales. Sale del dormitorio y la ve con el traje de baño, unos shorts amarillos y una musculosa, sabe lo que significa, nunca se pone esos shorts para descansar, movimiento, nada de playa, sol y cubalibres, hoy van a la ciudad.
     No se hace problema, le regala el primer día, prefiere sacar esta salida del medio lo antes posible. La ve y agradece porque todavía no lo ha dejado, vuelve al cuarto por otra remera, más pesada, menos de no me importa y más de estoy de paseo, y se sienta a desayunar. No se han dicho una sola palabra, muchas peleas hacen que se llegue a esta especie de entendimiento táci- to. Ella sabe que si da el primer paso, la pelea va a ser su culpa, él sabe que ella sabe que él sabe lo que ella quiere, si propone algo distinto para hacer, se convertirá en un patán. Un desayu- no diplomático les marcará el resto de los días. Miguel le pide con sincero cariño un café.
     Isabella hace el mejor café con leche, técnica perfeccionada en su juventud trabajando como moza en el mejor café de la ciudad. Ese café, pan y mantequilla, Miguel rechaza con respeto cualquier otro ofrecimiento. Después de unos tragos y de un par de bocados, se puede hablar de lo que sea.
—Isa, vamos a donde vos quieras, pero no nos alejamos del mar, si querés, podemos llegar hasta Madryn, a Comodoro Rivadavia si te da la gana, pero siempre pegados al mar.
—Tampoco me quiero ir a la China, mucho más cerca, quiero ir a Las Grutas, ver lo del mar que se aleja y comprar un par de regalos de una vez.
—Dale. Qué voz que tenés.
     Café con leche y dibujos animados, ella abre la ventana, enseguida se escucha el mar, entra de golpe, se mezcla con la mantequilla. Miguel disfruta cada bocado, siempre se cepilla los dientes después de desayunar para que no se le mezclen los sabores, y hay que cepillárselos, aunque le digan anticuado, nada de pastillas o espumas de dos segundos, un cepillo cada vez más caro y pasta. Perdemos los dientes, perdemos pelo, ya podríamos tranquilamente nacer sin apéndices, no perdemos el gusto.
     Para que no queden migas en el café hay que cortar la baguette con un cuchillo de sierra, una vez abierta, hay que aplastar las migas levemente contra la corteza. La mantequilla se debe esparcir en una ligera capa que cubra toda la superfi- cie, de esta manera no se sueltan las migas una vez húmedas y, como la presión al momento de esparcir no fue muy fuerte, queda suficiente espacio para que entre el café. Cuando se jun- tan ambas partes no se debe ejercer mucha presión. Miguel compra la mejor mantequilla, lujo que se da cada vez que hace las compras, y cuando no hay, prescinde de sustitutos. La man- tequilla pura es lo único que nos queda, Bukowski tenía razón, siempre voy a comprar mantequilla cara y pura, hasta que me muera o hasta que desaparezca.
     Unas gotas de café le manchan la nueva remera.
Isabella hace un pequeño amague para cambiar a un canal de noticias, pero Miguel se lo impide con un fuerte no, ella comprende.
—Bueno, no tenés que ser tan bestia.
—Perdón.
—Todo bien, solo quería ver si había algo del tema de las

drogas.
—No creo que atrapen al hijo de puta.
—Yo tampoco, plantar ha sido de las mejores cosas que

hemos hecho.
—Seguro que sí. Lo vemos más tarde, ahora estoy muy bien. No tiene ganas de deprimirse, los canales de noticias son 
tantos, cambian tan avasalladoramente rápido de información y manejan tal cantidad de eventos que han perdido, para muchos, su carácter o importancia social. Se han vuelto meros canales de entretenimiento, el cambio empezó a principios de siglo, cuando los espectadores, que recibían tantas noticias, dejaron de sufrirlas, ya que no les daban tiempo para ello. Se comunicaban tantos acontecimientos que, de un día para otro, ya no se podía hacer un seguimiento de las historias. Con el lanzamiento de los nuevos satélites-corresponsales se eliminó el proceso de selección y elaboración de la noticia, dejando paso al always-live con, a veces, pequeños comentarios de expertos que expresaban alguna opinión. La prensa escrita sigue siendo un instrumento de resumen y vive una popularidad en aumento luego de su casi extinción.
Miguel sigue con atención los nuevos episodios de Garrulus. 
—Migue, anoche terminé el libro.
—¿Y?

—Me pareció un poco largo.
—A mí también. No recuerdo muy bien, pero hay una parte donde hay un lago y en el lago hay cabezas de caballos conge- lados, ¿no?
—No recuerdo nada de eso. No, definitivamente no hay nada de eso.
—Debe ser otro libro, se me están mezclando. Me gustó la última imagen, la del hombre en el bar, escuchando al barman. Al final queda así, ¿verdad?
—¿Cómo?
—Ahí en el bar, leyendo poesía.
—Sí. ¿Creés que tenga algún significado?
—No lo sé.
—Yo espero que no. Me gustó que fuera así, simple, igual

me intriga saber qué estaba leyendo. Me pareció que esa era la idea, de ese final, quedarse pensando en qué leía ese hombre.
—Curiosa. Yo también pensé en eso.
Termina el café. El fondo de la taza está limpio, sin migas de pan. Una mañana llena de logros personales. Isabella, con un pequeño salto, sale de la cocina donde estaba dejando el mate y se va al cuarto, a terminar de arreglarse, dice. Si se lo propo- ne puede ser, por lejos, la persona más adorable del planeta, a veces tenerla cerca es suficiente para hacerlo sentir lleno y poderoso.
—Isa, tendríamos que haber traído a Fidel.
—Sí, ya lo extraño.
—No llamemos, es muy idiota llamar para ver cómo está

el perro.
—Sí, mañana llamamos para preguntar cómo están ellos y listo. 

—Claro, para ver si los está molestando.
—Claro... ¿Llamamos, Migue?
—Mañana.
—Dale.
—Isa, ¿Llamamos?
—Mañana... Llamá.
—Llamá vos.
     Miguel aprovecha estos segundos y sale a la terraza, la

puerta se abre automáticamente y se sumerge en el calor de una mañana de finales de verano en la Patagonia argentina. El calor es seco, te deja respirar, pero el sol pica, descarga sus agujas sobre tu cuerpo, millones de hormigas se cuelan por entre los cabellos. A su derecha puede ver la terraza de los vecinos y cómo estos se disponen y arreglan para pasar el día ahí. Padre e hijo están usando thermal suits y tienen en las manos cascos de agallas artificiales. Agudiza el oído, le parece distinguir alemán. La mujer que está sentada en la terraza puede ser la esposa o la hija. Hoy, si una mujer se lo propone, puede parecer de veinte hasta el día en que se muera. Por lo menos se siguen muriendo. El hombre mayor la besa en la boca. Disminuye la chance de que sea la hija, pero no queda descartado.
     La playa se extiende hacia ambos lados. Casi toda la costa poblada hacia la derecha. Puede ver tres yates de buen tamaño, anclados a pocos metros, y un crucero chico no muy lejos del puerto, lejos, a la derecha, sale un carguero. Con fruta, lo más seguro. Si hubiera nacido en otra época, podría ver todo esto y mi mente empezaría a citar ejemplos, a hacer comparaciones, a recordar cuadros y películas, sería algo natural, o tal vez no. Solo puedo pensar en un ejemplo. Es que me gustaría saber como sabía Curzio Malaparte o, mejor aún, como ese Carpentier, Rosas o Belvedere. Cirros, cirrostratos y un par de altoestratos, eso es todo, un buen sloop también, hermoso. Hace unos minutos me acordé de que Bukowski dijo lo de la mantequilla, eso es algo.
     Vuelve al interior de la casa. Isabella revisa que su bolso esté completo. No se cambió la ropa. Le gustaría hacerle el amor, pero conoce el resultado de sus posibles esfuerzos, así que des- echa la idea. Años de negativas frente a la posibilidad de sexo espontáneo han hecho que su miembro se acostumbre al rechazo, pero igual no hay nada más obstinado que un falo erecto. Sus ojos de a poco se acostumbran a las sombras.
—¿Sabés, Isa?, a veces cuando era chico jugaba a esto: salía al sol, jugaba bajo el resplandor, lo miraba por unos segundos y entraba corriendo a la casa. Era una cueva, todo oscuro.
—¿Tu mamá nunca te dijo que no miraras al sol? —Todo el tiempo. Me gustaría hacerte el amor. —Perdón, ahora no tengo ganas.
—No pidas perdón, tonta. Te amo.

—Yo a vos.
—Me cepillo los dientes y vamos.
—¿No querés una de mis pastillas?, así nos vamos rápido. 

—No. ¿Cómo está Fidel?
—Bien, está durmiendo con ellos.
     Entra al baño. Su cepillo de dientes y el tubo de pasta son lo 
único visible en la mesada del baño. No se acostumbra a ver estos baños en las casas, baños de aeropuerto, limpios, sin surtidores, totalmente estilizados. Solo tres tubos lisos que salen de la pared, sin llaves, a veces hay un botón. Sobre los tubos, en finas letras: agua, jabón, pastillas dentales. Isabella guarda todos sus productos de belleza en un estuche en su maleta, como si fueran un secreto. El cepillo es de plástico, compró cuatro, cerrados y obviamente sin usar, en una tienda especializada, en Montevideo; la pasta tuvo que pedirla, solo la vende Colgate por pedido especial. Miguel es famoso entre sus amistades y colegas por sus dientes, blancos, limpios e imperfectos, no son brillantes y son reales. Siente las cerdas que se escapan de sus dientes y rozan las encías. Escupe. Muelas, sonrisa abierta de un lado, arriba, abajo, del otro, arriba, abajo. Muelas, sonrisa cerrada, derecha mano derecha, izquierda mano izquierda. Dientes frontales. Enjuaga. Proceso antiguo, maravilloso.
     Se ve en el espejo por unos segundos. Le agrada lo que ve, raro. Siempre le quedó bien el corte al rape.
     Yo siempre me pregunto, qué es real, qué es mentira. 

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