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El sol.

     Ella se sentaba frente a mi, en el mismo escritorio.
     Mis escritorios estaban en forma de ele. El cuarto era un cuadrado, se entraba y a la izquierda el escritorio pequeño contra la pared en la esquina, el grande paralelo a la pared de la puerta, se me creaba así un pequeño nicho de felicidad, en el que me sentía protegido para adentrarme en las profundidades y la soledad absoluta. La pared frente a la puerta tenía una ventana con vista a la montaña, así que me podía quedar sentado por horas trabajando con una vista espectacular.
     Ella se sentaba frente a mi, traía una silla y sin preguntar tiraba sobre la mesa todo tipo de cosas que utilizaba para hacer sus collares; piedras de todo tipo y tamaño, reales, de plástico, tiras de colores, pedazos de telas, dijes de oro y plata, pedacitos de metales, corales, todo tipo de pucas, cierres e hilos, llegaba con un montón de frascos y los volteaba en el escritorio, sin decir palabra, algunas cosas saltaban sobre los cuadernos, sobre los libros, sobre el teclado de la computadora y la máquina de escribir, los volcaba uno tras otro y se ponía a trabajar, con absoluta seriedad. De vez en cuando levantaba la vista y me regalaba una sonrisa, tan real y profunda que me atravesaba, y fue ella la primera en descubrir mi sonrisa falsa, y desde que me lo mencionó dejé de usarla. Ella sabía mirar.
     Ese saber mirar me molestó, porque me mostraba quién era, y en ese momento yo no me gustaba, y eso se convirtió en una molestia. Me molestaba ella, verla ahí, la ventana de fondo, el sol ridículamente entrando por la ventana, iluminándola por detrás, me molestaba porque quién en su sano juicio podía pensar así en las miserias de la humanidad y tratar de escribir sobre ellas, porque en ese momento eso pensaba yo que era la literatura, cuando ahí frente a mí, estaban todas las repuestas a lo negativo, compañía, belleza, oficio, arte. Me molestaba ella porque yo no me aguantaba y para estar en compañía de la belleza hace falta comodidad.
     En su momento, el impulso de lo que traía no me permitieron un cambió de determinación, de cabeza, y la torpeza de la juventud y los vicios pudieron más que la evidencia, y se llevaron esa posibilidad cósmica por delante.
     No me olvidaré nunca de su cabeza ligeramente ladeada, su cabello ligeramente rojo y largo, su cara llena de pecas mirándome con una sonrisa, el sol ridículamente brillando por la ventana, los árboles verdes, atrás las montañas vibrantes.

      Cuando ella ya no estaba, tuve que cambiar los cuartos, la organización de los escritorios, las bibliotecas, todo.  

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